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Creerse bueno es una peligrosa forma de autocomplacencia que algunos confunden con ser cristiano, y es apropiarse de un adjetivo que sólo corresponde a Dios. «No hay nadie bueno más que Dios», nos dice Jesús. Quien se cree bueno, se diviniza a sí mismo y, subido en una especie de trono, puede llegar a creerse con derecho a condenar a quienes él mismo se encarga de calificar de malos. El joven rico, que aparece en el Evangelio es lo que podemos llamar «un chico bueno». ¿Qué más se le puede pedir? Tiene buenos modales, es honrado, obediente, trabajador, pacífico, bien pensante y bien hablado, ha cumplido siempre los mandamientos… ¿Qué padres no querrían tener un hijo así? Pero para ser cristiano hace falta algo más. Seguro que si le preguntan por su amor a Dios, responderá sin vacilar: «¡Desde niño lo aprendí de mi madre!», o quizás también: «Cuando era niño fui a un colegio religioso». Ahora bien, no le estamos preguntando sobre lo que aprendió o a qué colegio iba, sino si ama a Dios de veras.

En el mundo hay personas necesitadas de un fogonazo como el Evangelio de hoy que los ilumine y los salve. Una especie de choque que les despierte y les haga abrir los ojos a una realidad que desconocen: Dios es para ellos como un objeto decorativo religioso que les ayuda a instalarse en la sociedad cuyo visto bueno buscan o que les proporciona un barniz de espiritualidad; pero no es el centro, ni el motor de su vida. Pensando cumplir los mandamientos, han olvidado el primero y la raíz de todos: «El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». Es curioso que Jesús, al enumerar los mandamientos, empiece por los que hacen referencia a la relación con el prójimo y no mencione los que se refieren directamente a Dios; pero es que el joven rico mostrará si realmente ama al Señor sobre todas las cosas con su respuesta a lo que Jesús le propone, y ya sabemos qué fue lo que sucedió.

El joven escuchó y se fue pesaroso, pero conocedor de algo cierto, pues ahora sabe que en su vida hay algo más importante que Dios: sus riquezas. Si Jesucristo, siendo rico se ha hecho pobre por nosotros, si la Palabra de Dios se hace hombre y viene a salvar, ¿cómo privar de ella a los que ponen su confianza en el dinero? Si para ellos es prácticamente imposible salvarse, ¿cómo negarles el instrumento de Dios para conseguirlo? Dios lo puede todo, como lo testifica el Evangelio de Zaqueo y la historia de millones de pobrezas voluntarias y de riquezas compartidas fraternalmente y sin orgullo con los pobres en la vida de la Iglesia.

Tan cierta como la necesidad de hacer un desplante al dinero para que en el hombre se cumplan los dos grandes mandamientos –Dios y el prójimo–, lo es la promesa de Jesús a los que renuncian: Cien veces más, aunque con persecuciones. Que el secularismo ambiental no oculte la promesa a quienes se acercan a la Iglesia preguntando. Todos tienen derecho a esta Sabiduría, más valiosa que el poder, la riqueza, las joyas, el oro o la plata. «Todos los bienes juntos me vinieron con ella», dice el sabio del Antiguo Testamento.