Al final de la Semana de Oración por la unidad de los cristianos, el corazón de nuestra comunidad late con gratitud y esperanza. Han sido días para detenernos, escuchar al Espíritu y recordar que la unidad no es una idea abstracta, sino un don que se nos confía y una tarea que se nos encomienda. El miércoles 21 de enero vivimos uno de esos momentos que dejan huella. El encuentro ecuménico de oración en la Primera Iglesia Protestante de Rubí reunió a un gran número de hermanos y hermanas de la Iglesia Protestante y de la Iglesia Católica. La asistencia fue notable, pero aún más importante fue el clima que se respiró: sencillez, respeto, alegría compartida y una fraternidad sincera que nacía de la oración que hacíamos juntos. Cuando los cristianos nos ponemos ante Dios con humildad, las diferencias no desaparecen como por arte de magia, pero dejan de ser muros y se convierten en caminos de diálogo.
La Semana de Oración concluye este domingo, 25 de enero, fiesta de la Conversión de san Pablo. No es casualidad. El apóstol nos recuerda que la unidad comienza siempre por una conversión personal: dejar que Jesucristo desmonte nuestras seguridades, nos cambie la mirada y nos enseñe a amar a la Iglesia como Él la ama. Sin conversión del corazón, no hay ecumenismo auténtico; sin oración, todo queda en buenas palabras.
Que lo que hemos vivido estos días no quede reducido a un paréntesis amable dentro del año pastoral. Que esta experiencia nos impulse a vivir con un corazón más abierto, a hablar de los otros cristianos con respeto, a buscar aquello que nos une sin ocultar lo que todavía nos separa y, sobre todo, a rezar los unos por los otros. La unidad de los cristianos no es una opción secundaria: es un deseo ardiente del Señor para que el mundo crea. Sigamos, pues, caminando juntos, con paciencia, fidelidad y esperanza.