«En el principio ya existía la Palabra…» (Jn 1,1). El Evangelio de san Juan se abre con una afirmación que nos sitúa en el corazón del misterio cristiano: Dios no es silencio mudo ni fuerza impersonal, sino Palabra viva, comunicación, relación. Antes de existir el mundo, ya había diálogo. Y este diálogo se ha hecho don para la humanidad. La palabra es lo que nos hace humanos. Con la palabra pensamos, amamos, prometemos, pedimos perdón, transmitimos la fe. Pero el Evangelio nos recuerda que la Palabra no es nuestra solamente: antes que nada, es de Dios. Todo ha sido creado por ella, y sin ella nada existiría. La vida y la luz que buscamos no nacen de nuestro esfuerzo solitario, sino de una Palabra que nos precede y nos sostiene.
El prólogo de san Juan da un paso aún más sorprendente: «la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros». Dios no se ha limitado a hablar desde lejos; ha querido compartir nuestra fragilidad, nuestro lenguaje, nuestra historia. En Jesucristo, la Palabra eterna asume una voz humana, un rostro concreto, una vida entregada. Así, Dios no sólo nos dice cosas sobre Él mismo, sino que se nos da a sí mismo. Éste es el gran don: una Palabra que no impone, sino que invita; que no condena, sino que salva; que no agobia, sino que ilumina. Una Palabra que pide ser acogida: «A cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios». Acoger la Palabra es dejar que Dios nos redefina, que dé un nuevo sentido a nuestras palabras cansadas, heridas o vacías.
En un mundo saturado de ruido, recuperar el don de la Palabra es urgente. Escucharla en la Escritura, dejarla resonar en la oración, encarnarla en gestos de amor y de verdad. Porque cuando la Palabra es acogida, la luz vence a la oscuridad, la humanidad reencuentra su origen y su futuro en Dios.