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Vivimos en un tiempo en que la palabra verdad parece a menudo difusa, manipulada o reducida a la opinión personal. Sin embargo, para el cristiano, la verdad no es una idea abstracta ni una construcción ideológica: la verdad tiene un rostro y un nombre. Jesucristo mismo lo proclama con una claridad desarmante: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Caminar a la luz de la verdad es, por tanto, caminar con Él.

La luz tiene una fuerza propia: ilumina, revela y despierta. La oscuridad, en cambio, confunde y oculta. El Evangelio nos recuerda que «la luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no ha podido apagarla» (Jn 1,5). Caminar a la luz de la verdad implica dejarnos iluminar por la Palabra de Dios, permitir que entre en los rincones de nuestra vida que quizá preferiríamos mantener en la sombra. Esta luz no juzga para condenar, sino que muestra para sanar. El salmista lo expresa con una oración confiada: «Tu palabra es lámpara para mis pasos, es la luz que ilumina mi camino» (Sal 119,105). Cuando escuchamos la Palabra, cuando la meditamos y la ponemos en práctica, nuestro caminar se hace más firme, aunque el camino sea exigente.

«La luz… ilumina, revela y despierta… Caminar a la luz de la verdad implica dejarnos iluminar por la Palabra de Dios.»

Caminar a la luz de la verdad también tiene una dimensión comunitaria. San Pablo nos exhorta: «Vivid como hijos de la luz» (Ef 5,8). No es un camino solitario. Como Iglesia, estamos llamados a dar testimonio de esta luz en medio del mundo, con humildad y coherencia, con palabras y con obras. Que el Señor nos conceda un corazón dócil y valiente, capaz de acoger la verdad que libera (cf. Jn 8,32). Y que, caminando en su luz, lleguemos a ser también nosotros luz para los demás.