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Al llegar las rebajas, los escaparates se llenan de rótulos llamativos: -30%, -50%, última oportunidad. Todo parece urgente, imprescindible, casi salvador. Paseando por la calle o entrando en unos grandes almacenes como El Corte Inglés da la sensación de poder comprar allí la felicidad… siempre que no llegues tarde. Y, sin darnos cuenta, este lenguaje comercial puede acabar contaminando también nuestra manera de entender la vida e, incluso, la fe.

Vivimos en una sociedad que todo lo quiere rápido, barato y a medida. También con Dios. Querríamos una fe “en oferta”: que no pida mucho compromiso, que no incomode, que no contradiga nuestras opciones. Una fe con rebajas morales, con descuentos en el Evangelio, con devolución garantizada cuando nos cansemos. Pero la fe cristiana no funciona así. No es un producto de temporada ni una ganga espiritual. Jesucristo no anunció un Evangelio rebajado. Habló de cruz, de perdón sin límites, de amar a los enemigos, de perder la vida para ganarla. No hay rebajas en el amor, ni descuentos en la verdad, ni liquidación final en la esperanza. Lo que Dios nos ofrece es gratuito, sí, pero no es barato. Cuesta toda la vida; a Cristo le costó la suya para redimirnos. Y, a la vez, es lo único que no pasa de moda.

Quizás debemos preguntarnos: ¿buscamos una fe cómoda o una fe auténtica? ¿Queremos un cristianismo de vitrinas relucientes o un encuentro real con Cristo que transforme nuestros corazones? Las rebajas pasan, los letreros se quitan y los escaparates cambian. La fe, cuando se vive de veras, permanece. En medio del ruido comercial y de las urgencias fabricadas, el Evangelio nos invita a detenernos y a recordar lo que tiene realmente valor. No todo lo que brilla salva. Pero Jesucristo, sin rebajas ni promociones, sigue siendo la mejor noticia para nuestra vida.