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La fiesta del Bautismo del Señor nos sitúa a la orilla del Jordán, contemplando un gesto aparentemente sorprendente: Jesús, el Hijo amado del Padre, entra en las aguas como uno más entre los pecadores. Él, que no tiene pecado, acepta ser bautizado por Juan. No lo hace por necesidad propia, sino por solidaridad con la humanidad y para dar a las aguas un sentido nuevo. En aquel momento, el cielo se abre, el Espíritu desciende como una paloma y la voz del Padre proclama: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17).

El Bautismo de Cristo no es sólo un episodio de su vida; es una revelación de lo que será también nuestro bautismo. Jesús no sólo entra en el agua: santifica el agua. A partir de aquel instante, las aguas ya no son sólo signo de purificación, sino fuente de vida nueva. Como dice san Gregorio de Nisa: «Cristo es bautizado, no para ser purificado, sino para purificar las aguas y preparar el renacimiento del mundo».

Cuando nosotros somos bautizados, no repetimos simplemente un rito antiguo. Somos introducidos en el misterio mismo de Cristo: su muerte y su resurrección. San Pablo lo expresa con fuerza: «Por el bautismo hemos sido sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos, también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6,4).

El bautismo nos hace hijos en el Hijo, miembros de su Cuerpo, la Iglesia, y templos del Espíritu Santo. San Agustín lo resume con una imagen preciosa y exigente: «Reconoced, cristianos, vuestra dignidad: habéis sido hechos partícipes de la naturaleza divina». Esta dignidad no es un título honorífico, sino una llamada. Nuestro bautismo nos envía a vivir como hijos de Dios en medio del mundo, a dejar que la gracia recibida transforme nuestra manera de pensar, de amar y de servir.

Contemplar el Bautismo de Cristo es, pues, volver al origen de nuestra fe y renovar el compromiso de vivir aquello que un día se nos regaló gratuitamente: una vida nueva en Cristo.