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La Fiesta de la Presentación del Señor, que celebramos cuarenta días después de Navidad, es mucho más que el recuerdo de un gesto ritual. Es, sobre todo, la fiesta del encuentro: el encuentro de Dios con su pueblo, el encuentro de la promesa con su cumplimiento, el encuentro de la esperanza con la realidad. María y José suben al Templo de Jerusalén para cumplir la Ley. Llevan a un niño aparentemente como cualquier otro, pobre, sin signos de grandeza. Y, sin embargo, es en esta sencillez donde Dios sale al encuentro de su pueblo. No lo hace con ruido ni con poder, sino con la fragilidad de un recién nacido ofrecido al Padre. Dios entra en la historia humana no para dominarla, sino para encontrarse con ella, abrazarla y salvarla desde dentro.

Simeón y Ana representan al pueblo que espera. Han pasado años —quizá toda una vida— esperando fielmente el cumplimiento de la promesa. Cuando ven al Niño, sus ojos reconocen lo que muchos no saben ver: la luz que ilumina a las naciones, la gloria de Israel. El encuentro con Cristo da sentido a toda su espera. Ya no es necesario aferrarse a la vida con miedo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz» (Lc 2,29).

Esta fiesta nos interpela profundamente. También nosotros somos un pueblo en camino, a menudo cansado, a veces desconcertado, pero llamado al encuentro con el Señor. Dios continúa saliendo a nuestro encuentro en la liturgia, en la Palabra, en los sacramentos, en los pobres, en la comunidad; pero es necesario tener los ojos abiertos y un corazón disponible, como Simeón y Ana, para reconocerlo. La Presentación del Señor nos recuerda que la fe no es solo cumplir ritos, sino dejarnos encontrar por Dios; y nos recuerda igualmente que cada encuentro con Jesucristo nos transforma, nos ilumina y nos envía a ser, también nosotros, luz y esperanza para los demás.