La Cuaresma es un tiempo privilegiado para la renovación de la vida cristiana. La Iglesia nos invita a un camino de conversión que tiene tres aspectos fundamentales: reconocimiento del pecado, penitencia y renovación del corazón.
El pecado es una realidad que afecta nuestra relación con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos. Cuando nos desviamos del camino del Evangelio, el Señor no nos abandona. Su misericordia siempre está a punto para acogernos si volvemos a Él sinceramente. La penitencia es el camino que nos ayuda a reparar el daño causado por el pecado y a crecer en el amor. No es solamente una práctica externa, sino un cambio profundo del corazón. Por eso, la Cuaresma nos propone tres grandes medios para avanzar en este camino: la oración, el ayuno y la limosna. La oración nos acerca más a Dios y nos hace sensibles a su voz. El ayuno nos ayuda a liberarnos de todo lo que nos impide amar generosamente. La limosna nos lleva a compartir con los demás, especialmente con los que más sufren. Pero todo esto sólo tiene sentido si nos lleva a una auténtica conversión. Convertirse no es solamente dejar atrás los pecados, sino abrir el corazón a Dios y dejarse transformar por su gracia, lo cual pide una actitud de humildad y disponibilidad para escuchar su palabra y dejarnos guiar por el Espíritu Santo.
La Cuaresma es una oportunidad para volver a Dios de todo corazón. No dejemos pasar este tiempo de gracia. Descubramos de nuevo la belleza del sacramento de la reconciliación, vivamos con mayor profundidad nuestra fe y preparémonos a celebrar la Pascua con un corazón renovado.