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Dentro del contexto del Adviento, este primer domingo nos propone añadir a la fe, la esperanza y la caridad, otra virtud, la vigilancia. El Evangelio recoge este aviso, desplazado con frecuencia de nuestro pensamiento y ocupaciones diarias, siempre repletos de mil cosas intrascendentes, y nos invita a visionar preferentemente en nuestra conciencia lo que es importante de veras: estar atentos.

Creemos que la vida es una propiedad personal de cada ser humano y por eso argumentamos: «Yo con mi vida hago lo que quiero». Es una premisa falsa, por lo que se llega a una conclusión equivocada. Nadie es propietario de “su” vida; el derecho de posesión es un derecho diferente al de propiedad. Vivimos de “alquiler” y el amo de la vida es Dios. Un Dios, amo absoluto de la vida, que la da y la quita como propietario.

Aunque es una realidad que ningún ser humano ignora, cuando llega la muerte, ya sea esperada (como resultado final de una enfermedad larga e irreversible) o inesperada (como consecuencia de un accidente), ésta a menudo nos pilla desprevenidos, porque vivimos sin los principios y referencias que han vertebrado la fe durante generaciones. Muchos definen hoy la vida como un valor socialmente constitutivo de derechos, pero no de obligaciones; queremos los primeros y rechazamos los segundos, y eso es lo más contrario a la recomendación evangélica.

La alerta ha de ser una vigilancia activa, lo que significa estar atento y preparado para que la llegada de la muerte no nos atrape por sorpresa. Trabajar para aceptar que el morir no es el final de la vida, sino que forma parte de ella, hasta el punto de ser el nexo de transformación de la vida temporal en la eterna. Esta es la buena noticia y la clave de lectura de la doctrina cristiana. Por eso, el cristiano ha de ser una persona alegre, sabedora de que «hay vida después de la vida». Vivir así nos comporta una actitud muy diferente a la de aquellos que ven la muerte como el fin de todo y de todos.