¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros. (1 Co 3, 16).

El mensaje central que nos transmite Cristo en el evangelio es la posibilidad de la perfección, o con otras palabras, la existencia de un camino de justificación ante Dios para el hombre. El Dios hecho hombre ha recorrido este camino, y el ejemplo que nos quiere dar es el del amor al Padre.

Podemos amar al Padre de la misma manera que él nos ama. Pero antes de empezar a recorrer este camino volvamos a la pregunta que nos hace san Pablo: ¿sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios nos habita? El primer paso del camino ha de ser la respuesta a esta pregunta, es decir, redescubrir de nuevo la presencia de Dios en nosotros como si se tratara de un templo.

La respuesta a la pregunta es sí, y si de verdad creemos en la paciencia que tiene el Espíritu Santo en nosotros, entonces podremos ponernos en camino para devolverle a Dios su amor infinito por nosotros, algo imposible que Jesús ha hecho posible para cada uno de nosotros.

Todos sabemos que existe un Dios que nos ama, que nos ha creado. Podemos acudir a él y pedirle: «Padre mío, ayúdame. Deseo ser santa, deseo ser buena, deseo amar. La santidad no es un lujo para unos pocos, ni está restringida sólo a algunas personas. Está hecha para ti, para mí y para todos. Es un sencillo deber, porque si aprendemos a amar, aprendemos a ser santos.

El primer paso para ser santo, es desearlo. Jesús quiere que seamos tan santos como su Padre. La santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con alegría. Las palabras «deseo ser santo» significan: quiero despojarme de todo lo que no sea Dios; quiero despojarme y vaciar mi corazón de cosas materiales. Quiero renunciar a mi voluntad, a mis inclinaciones, a mis caprichos, a mi inconstancia y ser un esclavo generoso de la voluntad de Dios. Con una total voluntad amaré a Dios, optaré por él, correré hacia él, llegaré a él y lo poseeré. Pero todo depende de las palabras, «Quiero» o «No quiero». He puesto toda mi energía en la palabra «Quiero». (Madre Teresa de Calcuta).

Podríamos poner un ejemplo para ilustrar todo esto. El ejemplo vivo y permanente de esto son los santos. Ellos han pasado por momentos de duras pruebas y contrariedades, pero siempre han sabido ser lo suficientemente humildes y fuertes para estar en su lugar y evitar el llanto o la queja.

La Madre Teresa se adentraba en las chabolas más peligrosas, muchos cristianos perseguidos de Oriente perdonan hoy a sus perseguidores y verdugos, y muchas veces la tensión del amor es tan fuerte que los algunos de los culpables no lo pueden aceptar y rechazan el perdón como un imposible.

Podemos resumirlo todo en una frase: aquí estoy Señor. Esto es algo que podemos decir y hacer nosotros, y después de estas tres palabras la súplica es: para hacer tu voluntad. Si nos ponemos a tiro, el Señor hará el resto y seremos capaces de amar, perdonar y ser perfectos.

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