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Hoy celebramos la Ascensión del Señor a los cielos, parte importante de nuestra fe. Ya vimos, en los relatos de la resurrección de Jesús, como el hecho de verle vivo suponía una gran alegría para sus discípulos, y también suponía una misión: han de decírselo a los demás y por lo tanto han de ponerse en camino, tienen que ir a Galilea, donde podrán ver al Señor.

La fe no ha concluido, en el momento álgido de la resurrección es cuando ésta se pone en juego, muchos todavía no dan crédito a la Magdalena ni a los demás testigos de Cristo resucitado, y es en este momento en el que la fe se revela como algo decisivo: lo que nos deja al margen o lo que nos permite ver al Señor.

La fiesta de la Ascensión es, en este aspecto, muy parecida a la de la resurrección. En el momento en el que Jesús sube al cielo, parece que deja la tierra, que abandona a los hombres y se va con el Padre, pero como hemos visto, por la fe (lo decisivo) sabemos que esto no es del todo cierto. Jesús da un mandato a sus apóstoles desde el monte en el que asciende a la derecha del Padre: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» (Mt 28, 18-20). Y en el evangelista san Lucas vemos como les dice que no se marchen de Jerusalén porque recibirán el Espíritu Santo, una fuerza de lo alto que les hará testigos de Cristo vivo hasta los confines del mundo. (Cf. Hch 1, 8). Parece que esto del evangelio todavía no ha acabado.

Es necesario, pues, que hallemos de nuevo el valor de volver a lo sagrado, el valor del discernimiento de la realidad cristiana, no para establecer fronteras, sino para transformar, para ser verdaderamente dinámicos. (Joseph Ratzinger. El camino pascual).

El mundo aparentemente queda igual, pero no: ahora el germen del cambio y de la salvación de los hombres ya no vendrá sólo de alto, si no que los creyentes, que por el Espíritu Santo han entrado en lo sagrado de Dios, y Dios en ellos, suponen el mejor ejemplo de que este cambio hacia el Cielo y esta vida santa ya están patentes en ellos. Hoy los discípulos somos nosotros, y ¿acaso no olvidamos lo sagrado para no entrar en conflicto con el pensamiento dominante del mundo?

La Iglesia no quiere perder su clientela, quiere conquistar nuevos adeptos. Esto provoca una especie de secularización, que es realmente deplorable. (…) El mundo se pierde, la Iglesia se pierde en el mundo, los párrocos son estúpidos y mediocres; se sienten felices de ser tan sólo hombres mediocres como los demás, de ser pequeños proletarios de izquierda. En una Iglesia he escuchado a un párroco que decía: Alegrémonos todos juntos, estrechémonos las manos… ¡Jesús os desea jovialmente un hermoso día, un buen día! (…) Me parece de una estupidez increíble, de una absoluta falta de espíritu. Fraternidad no es mediocridad ni simple camaradería. Tenemos necesidad de lo eterno, porque ¿qué otra cosa es la religión o, si se quiere, lo Santo? No nos queda nada, nada hay estable, todo está en movimiento. Y, sin embargo, tenemos necesidad de una roca (E. IONESCO, Antidotes. París 1977).

La roca y la estabilidad de la fe. Jesús está con nosotros hasta el fin del mundo, eso es la fe. Cristo nos pide que hagamos discípulos, eso es la fe.