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Estamos ya en las últimas semanas del Año litúrgico y la Iglesia nos invita a meditar con mayor intensidad acerca de las realidades últimas del ser humano, sobre el final de la historia y el Más allá, todo ello teniendo en cuenta la segunda y definitiva venida del Señor. Hoy, la Palabra de Dios nos invita a salir al encuentro de la sabiduría, gracias a la cual encontramos el consuelo y la esperanza de que Dios se llevará con Jesús a los que han muerto con Él, mientras somos invitados también a esperar y salir al encuentro del esposo –Jesucristo– que llega.

De vez en cuando hemos de pensar que somos mortales, que no tenemos en este mundo nuestra patria definitiva y que un día lo dejaremos para ir al encuentro del Señor; ¿cómo nos presentaremos ante Él? En la medida en que, cada día que pasa, vivamos iluminados por la fe y llenemos el tiempo de amor y de bien, nuestra esperanza de ver al Señor y el gozo de vivir para siempre en Él irá creciendo.

Como cristianos, debemos vivir en el gozo y no en la tristeza. Se explica de Luis XIV, el rey sol, que no podía soportar que nadie hablara de la muerte en su presencia. Hizo construir el palacio de Versalles entre otras cosas para evitar la proximidad del cementerio al antiguo palacio real. Con ocasión de un sermón, el capellán real se atrevió a decir: «Todos morimos majestad». Ante la mirada airada del rey, el capellán se corrigió: «Bien, casi todos». Y es que, en aquel contexto, hablar de la muerte no era políticamente correcto. La muerte es un tema que causa grima a muchos, otros la viven con tristeza, y otros con una gran dosis de desesperación. En cambio, los cristianos la miramos o la tendríamos que mirar desde otra perspectiva, desde la esperanza puesta en la muerte y resurrección de Jesucristo: «Así como creemos que Cristo murió y resucitó, creemos que también Dios se llevará con Jesús a los que han muerto en Él». Por tanto, ya no morimos en el desconsuelo y en la soledad, sino en Jesucristo, porque «en la vida y en la muerte somos del Señor». Unidos a Jesucristo, la muerte ya no es un pozo hondo, un muro que nos separará para siempre de la vida, ni un abismo negro, sino la puerta hacia una vida más luminosa y plena, la vida eterna; y eso nos produce una gran alegría.

En la época de las primeras generaciones cristianas la llegada del día del Señor y el momento del juicio se veían como hechos inminentes. Esta convicción les hacía estar en una tensión que les ayudaba a vivir más intensamente la fe, a dar calidad a la oración, a mantenerse más unidos formando comunidad y a mantenerse en el servicio los unos a los otros. Los cristianos estamos llamados a trabajar para que el Día del Señor aparezca en un mundo y una sociedad en los que reinen el amor, la paz y la justicia; donde hombres y mujeres vivamos en una mayor fraternidad y así prepararemos la llegada definitiva del Reino de Dios.