IncredulitaSanTommaso

El Domingo de la Octava de Pascua, la Iglesia nos muestra a través de la Palabra de Dios y de la acción litúrgica la plenitud de la misericordia divina y nos sitúa en el corazón mismo del misterio cristiano. Después de la Resurrección, Jesús no se presenta ante sus discípulos con reproches, sino con un saludo lleno de paz: «La paz con vosotros». Es la primera palabra del Resucitado, y es también del primer fruto de su misericordia.

El Evangelio nos muestra a los discípulos encerrados por miedo. Han fallado, han huido, han negado. Y, sin embargo, Jesús entra igualmente, atraviesa sus puertas cerradas y, sobre todo, atraviesa sus heridas interiores. No los humilla, no los acusa, sino que les muestra sus llagas gloriosas. Aquellas llagas no son un recuerdo del dolor, sino una fuente de gracia: son la prueba de que el amor ha vencido al pecado. En este contexto aparece Tomás, que duda y busca tocar para creer. Jesús no rechaza su duda, sino que le sale al encuentro. La misericordia de Dios no excluye a nadie, ni siquiera a aquél que vacila. Al contrario, se acerca con paciencia, invita a dar un paso más, a pasar de la incredulidad a la fe. También nosotros, hoy, podemos vivir encerrados en nuestros miedos, en nuestras culpas o en nuestras heridas. Y quizás pensamos que Dios está lejos, que no puede entrar en nuestra historia concreta. Pero el Resucitado sigue viniendo, atravesando nuestras resistencias, ofreciéndonos su paz y su perdón.

Celebrar a Jesús en su misericordia no sólo es recordar una verdad, sino acoger una presencia. Es dejar que Cristo nos mire con amor y nos transforme desde dentro. Y es, también, aprender a mirar a los demás con esta misma misericordia. ¿Nos atrevemos a abrir las puertas del corazón para que entre el Resucitado? ¿Nos dejaremos reconciliar para convertirnos, también nosotros, en testigos de su misericordia?