JesusDesayunaResucitado

Durante la Octava de Pascua, la liturgia nos invita a recorrer un camino interior muy concreto: pasar del sepulcro vacío al encuentro vivo con Jesucristo resucitado. No se trata de recordar solamente un acontecimiento del pasado, sino de entrar en una experiencia presente que transforma nuestra vida. Los primeros discípulos empezaron con signos humildes: una tumba abierta, unos lienzos doblados y ordenados, un anuncio desconcertante… El sepulcro vacío no era todavía la fe plena, sino un primer indicio, una puerta abierta. También nosotros, a menudo, sólo tenemos signos: una palabra que nos toca, una celebración que nos conmueve, una paz inesperada en medio de las dificultades. ¿Sabemos reconocer en estos signos la presencia de Dios?

Las lecturas bíblicas de estos días nos muestran como el Resucitado sale al encuentro de los suyos: de María Magdalena, de los discípulos de Emaús, de los apóstoles reunidos y temerosos. Jesús no se manifiesta de manera espectacular, sino en la cercanía: en una voz que llama por el nombre, en la explicación de las Escrituras y el gesto de partir el pan. Así continúa haciéndolo hoy. Lo hallamos en la Palabra proclamada, en la Eucaristía celebrada y en la comunidad reunida en su nombre. San Gregorio Magno decía: «El mismo amor es conocimiento». Sólo quien ama reconoce al Señor. Por eso, el camino pascual es también un camino del corazón: pasar de la tristeza a la alegría, del miedo a la confianza, de la duda a la fe.

Quizás nosotros no hemos visto el sepulcro vacío, pero sí podemos encontrarnos con Cristo vivo. ¿Nos dejaremos encontrar por Él? ¿Escuchamos su voz en medio del ruido cotidiano? Que esta Pascua nos ayude a dar este paso decisivo: no quedarnos en signos externos, sino llegar al encuentro personal con el Resucitado, que vive y camina junto a nosotros.