ascension-of-christ

La Ascensión del Señor a los cielos, según el relato de san Mateo (Mt 28,16-20), nos presenta una escena llena de misterio y esperanza. Jesús resucitado se encuentra con los discípulos en la montaña de Galilea y les dice: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». Y acto seguido asciende al cielo. Ahora bien, ¿cómo puede irse y quedarse al mismo tiempo? ¿Cómo puede subir al Padre y continuar presente entre nosotros? He aquí una de las grandes verdades de la fe cristiana: Jesucristo no nos abandona. La Ascensión no es una ausencia, sino una nueva manera de estar presente. Hasta aquel momento, los discípulos veían a Jesús con los ojos corporales; ahora lo reconocerán con los ojos de la fe. Él continúa vivo y activo en medio de su Iglesia: en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en la comunidad reunida, en los pobres y necesitados, y especialmente en la Eucaristía.

San León Magno decía: «Lo que era visible en nuestro Redentor ha pasado a los sacramentos». Jesús ya no está limitado por un lugar o un tiempo; ahora puede llegar a todos los corazones y a todos los pueblos. Por eso, antes de subir al cielo, envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio a todas las naciones. La fe no es un tesoro para guardar en silencio, sino una luz destinada a iluminar el mundo.

Vivimos en una sociedad que a menudo experimenta el vacío, la soledad y la desorientación. Muchos piensan que Dios está lejos, pero la Ascensión nos recuerda precisamente lo contrario: Jesucristo está más cerca que nunca. ¿Lo buscamos de veras? ¿Vivimos conscientes de su presencia? Jesús asciende a los cielos, sí, pero no se aleja de nosotros. Desde el Padre sigue sosteniendo nuestro camino y abriéndonos las puertas de la esperanza.