Al llegar el verano, todos agradecemos la luz, el calor y la posibilidad de vivir más al aire libre. También es comprensible que la manera de vestir se adapte a las temperaturas. Pero adaptarse al verano no significa perder el sentido de la modestia, de la dignidad y del respeto por los lugares en los que nos encontramos. Vivimos en una sociedad en la que la calle se ha vuelto muy permisiva. A menudo parece que el único criterio sea la comodidad personal o la imposición de la moda. Pero el cristiano no puede dejarse llevar simplemente por lo que todo el mundo hace. La fe nos educa también en los gestos, en las formas y en la manera de presentarnos ante los demás y ante Dios.
El vestido no es una cuestión trivial. Expresa una manera de entender el propio cuerpo, la relación con los demás y el respeto debido a cada circunstancia. No vestimos igual para ir a la playa que para ir a una celebración familiar, a una entrevista importante o a visitar a un ser querido. Y si esto lo entendemos en la vida ordinaria, aún más deberíamos entenderlo al entrar en la iglesia. El templo es casa de Dios, lugar de oración, de silencio, de celebración de los santos misterios. Por eso pide un modo de vestir cuidadoso, digno y respetuoso. No se trata de juzgar a nadie ni de convertir la ropa en una obsesión, sino de recuperar el sentido de lo sagrado. La modestia no es represión; es elegancia del alma, respeto para el propio cuerpo y caridad hacia los demás.
Quizás deberíamos preguntarnos: cuando voy a la iglesia, ¿mi manera de vestir ayuda al recogimiento, al respeto y a la oración? Ciertamente, el Señor mira el corazón; pero un corazón que ama también procura expresarlo en los signos externos.