Os escribo con corazón de apóstol, de pecador perdonado y de pastor sostenido por la misericordia del Señor. Vuestra parroquia lleva mi nombre, pero no olvidéis nunca que la roca verdadera es Jesucristo. Yo fui débil, impulsivo y contradictorio; prometí fidelidad y negué al Maestro. Pero una mirada de Jesús me reconstruyó por dentro. Por eso os digo: no tengáis miedo de vuestras debilidades si las ponéis delante del Señor. La misericordia de Cristo es más fuerte que vuestra fragilidad. Ahora que termina el curso y comienza el verano, haced balance con gratitud. Mirad todo lo que Dios ha hecho entre vosotros: la Palabra escuchada, los sacramentos celebrados, los niños y jóvenes acompañados, los enfermos visitados, los pobres atendidos, las lágrimas consoladas, las puertas abiertas. Quizás no todo ha sido perfecto, pero el Señor ha caminado con vosotros.
Os pido que no viváis el verano como un paréntesis de la fe. Descansad, sí; reencontrad a la familia, contemplad la belleza, recuperad fuerzas. Pero no dejéis a Jesús en la sacristía. Llevadlo a casa, a la calle, a la playa, a la montaña, a las conversaciones y a los silencios. Un cristiano no toma vacaciones de Jesucristo. Y, pensando en el curso venidero, os digo: sed una comunidad viva, valiente y misionera. No os encerréis. Hay mucha gente en Rubí que espera, aunque no lo sepa, una palabra de esperanza, una mano tendida, una Iglesia con rostro de hogar. No os preguntéis solo qué puede hacer la parroquia por vosotros, sino qué podéis ofrecer vosotros para que muchos encuentren a Cristo.
Queridos hijos e hijas, avanzad en la vida cristiana. Rezad más, amad mejor, perdonad antes, servid con alegría. Y cuando caigáis, volved a empezar. Yo también caí, pero Cristo me dijo: «Apacienta mis ovejas». Que vuestra parroquia sea una casa con las puertas abiertas, con una mesa donde nadie se sienta extraño y una luz en medio de la ciudad.
Con afecto de apóstol,
San Pedro