La visita del Papa León XIV a Barcelona ha sido un acontecimiento que no podemos vivir sólo como una noticia, sino como una gracia. Muchos feligreses de nuestro arciprestazgo de Rubí hemos participado, tanto en la Vigilia de oración en Montjuic como en la celebración de la Eucaristía en la Basílica de la Sagrada Familia. Hemos ido como peregrinos, con sencillez, pero también conscientes de formar parte de una Iglesia viva, convocada en torno a Pedro y enviada a dar testimonio de Cristo.
En Montjuic, en medio de una multitud orante, experimentamos que la fe no es una realidad escondida ni individualista. Cuando tantos cristianos cantan, oran y escuchan juntos, el corazón se ensancha. En un mundo frecuentemente cansado, fragmentado y lleno de temores, aquella vigilia nos recordaba que la Iglesia aún tiene para el mundo una palabra de esperanza, de paz y de fraternidad. La Misa en la Sagrada Familia tuvo una fuerza inmensa. En aquel templo nacido de la fe y la genialidad de Antoni Gaudí, la mirada se alzaba hacia Cristo, centro y fundamento de todas las cosas. La belleza de la basílica y de la liturgia celebrada y las palabras del Papa nos decían que Dios sigue hablando al corazón del hombre a través de la luz, del arte, de la oración y de la comunidad reunida y enviada a dar testimonio del Evangelio.
Para nuestro arciprestazgo de Rubí, esta visita es una llamada, no podemos quedarnos como antes. Hemos sido confirmados en la comunión eclesial y enviados a hacer presente el Evangelio en nuestras parroquias, familias, vecindario y entidades. El Papa ha pasado por Barcelona; ahora es preciso que Jesucristo pase más visiblemente por nuestra vida cotidiana.