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Este mes de junio, mientras nos preparamos para celebrar la solemnidad del Corpus Christi y profundizamos en el misterio de la Eucaristía con dos conferencias sobre milagros eucarísticos, la Iglesia nos invita también a recordar a san Antonio de Padua, uno de los santos más queridos por el pueblo cristiano.

Entre los muchos episodios que la tradición atribuye a san Antonio, hay uno que ha cautivado la imaginación de generaciones de fieles. Se explica que un hombre que negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía desafió al santo. Dejó a su mula sin comer durante tres días y propuso una prueba: Delante del animal se presentarían, por una parte, un saco de forraje y, por otra, san Antonio portando el Santísimo Sacramento. Si la mula dejaba la comida y se arrodillaba ante la Hostia consagrada, él creería. Llegado el momento, la mula hambrienta ignoró el forraje y se arrodilló con reverencia ante Jesús Eucaristía. Sorprendido y conmovido, aquel hombre, llamado Bonvillo, reconoció la verdad de la fe y prometió que, en cada procesión eucarística que hubiera en la ciudad, él y su mula irían delante; y cumplió su promesa.

Más allá de los detalles históricos de la narración, su mensaje espiritual es profundo. Una bestia irracional supo reconocer a su Creador, mientras que nosotros, dotados de inteligencia y libertad, con frecuencia pasamos de largo ante el Sagrario sin darnos cuenta de Quién está presente.

El milagro nos interpela: ¿cómo es nuestra fe eucarística? ¿Entramos en la iglesia conscientes de que Jesucristo vive y nos espera? ¿Sabemos arrodillarnos con el corazón ante el misterio del amor de Dios? San Antonio nos recuerda que la Eucaristía no es un simple símbolo, sino la presencia real de Cristo resucitado. Que la celebración del Corpus Christi renueve en todos nosotros la admiración, la gratitud y el amor hacia este don incomparable. Y que, como aquella mula, sepamos reconocer humildemente a nuestro Señor y adorarlo.