El tiempo de Pascua es un tiempo de luz, de nueva vida y de alegría profunda. Hemos celebrado que Jesucristo ha vencido a la muerte, que el sepulcro está vacío y que la vida ha triunfado para siempre. Pero la Pascua no se agota en la Resurrección: es también un camino abierto hacia una promesa que aún se ha de cumplir plenamente. Es el tiempo de la espera, es el tiempo de la expectación del Espíritu Santo. Los discípulos, después de ver al Resucitado, no se lanzan inmediatamente a conquistar el mundo. Jesús les pide algo sorprendente: que esperen. Que permanezcan en Jerusalén hasta que sean revestidos con la fuerza de lo alto. Esta espera no es pasiva, ni vacía; es una espera llena de oración, de comunión y de confianza. María está presente, reuniendo los corazones y sosteniendo la esperanza.
También nosotros vivimos con frecuencia en una tensión semejante. Hemos recibido la fe, conocemos al Señor, participamos de su vida… pero sentimos que aún nos falta algo. ¿No es verdad que muy a menudo nuestra fe parece débil, nuestra esperanza vacilante y nuestro amor limitado? Necesitamos al Espíritu Santo. Esperar al Espíritu Santo es reconocer esta necesidad profunda. Es abrir nuestro corazón para que Dios actúe en nosotros. Es disponernos a ser transformados desde nuestro interior, a dejar que el Espíritu del Señor nos dé coraje, luz y perseverancia.
San Basilio Magno afirmaba: «Por el Espíritu Santo somos restituidos al Paraíso, retornamos a la condición de Hijos y nos es dada la confianza de llamar a Dios: Padre». Ésta es la gran promesa que esperamos: no sólo una ayuda exterior, sino una vida nueva que nace en nosotros. En este tiempo Pascual debemos preguntarnos: ¿estoy abierto de veras a la acción del Espíritu? ¿le dejo sitio en mi oración, en mis decisiones, en mi vida cotidiana? Esperando al Espíritu Santo, aprendemos a desearlo. Y quien lo desea con fe, ya lo empieza a recibir.