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Tradicionalmente, en nuestras latitudes, el mes de mayo se dedica de una manera especial a la Virgen María. Mayo es conocido como el “Mes de María”; la primavera ya ha arraigado, la bonanza del clima y la abundancia y el color de las flores contribuyen a embellecer aún más al recuerdo de nuestra Madre celestial.

Todos tenemos o hemos tenido a nuestra madre en la tierra, pero también tenemos una Madre en el cielo: Jesucristo nos ha querido dar a su propia madre como madre nuestra al confiarla al discípulo amado al pie de la cruz: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su mare, y junto a ella al discípulo amado, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “ahí tienes a tu madre”. Y desde entonces el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19,25-27).

El discípulo amado, identificado por la tradición con Juan Evangelista, es el modelo de cómo ha de ser el discípulo de Jesús: si él recibe a la madre de su Maestro y Salvador en su casa, nosotros debemos seguir su ejemplo: debemos acoger a la Santísima Virgen en nuestra vida tal como acogemos al mismo Jesús. Este es el fundamento de la devoción mariana de la Iglesia. Siguiendo la misma línea, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos informa acerca de los primeros discípulos: «Perseveraban unánimemente en la oración, junto con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1,14). María sigue estando presente entre nosotros como lo estuvo en la Iglesia primitiva; por eso, los cristianos oramos con María llenos de devoción.

En este mes, consagrado a la Virgen, ¿cuál es el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestra Madre del Cielo? Vivir fielmente como ella vivió y seguir y obedecer las enseñanzas de Jesús: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5). Porque cumpliendo la Palabra de Dios hallaremos vida.