resurrexit

Las mujeres, que habían permanecido fieles al pie de la cruz como representantes de la Iglesia que ama, siguen desempeñando este mismo papel en la mañana de Pascua. Es ciertamente sorprendente que las mujeres no se asusten ante los terribles acontecimientos que han tenido lugar, ni siquiera piensan en la imposibilidad de realizar su piadoso deseo: «¿Quién nos correrá la piedra a la entrada del sepulcro?», sino que persisten imperturbablemente en su propósito de embalsamar el cadáver de Jesús para protegerlo de la descomposición en la medida de lo posible. Esto tiene algo de esa ingenua piedad popular que con un instinto seguro sigue su camino contra todos los impedimentos externos y contra todas las reservas espirituales. Y esta piedad de las santas mujeres se ve recompensada, pues el mismo Dios elimina los obstáculos –la piedra estaba ya corrida– y cuando las mujeres, al final de su peregrinación sin circunstancias ni reflexiones, penetran en el santuario de la tumba vacía, les proporciona una explicación tranquilizadora ante el hecho maravilloso que se acaba de producir.

El discurso del ángel es de una belleza sublime, sobrenatural: no se podría haber hablado de una manera más amable y al mismo tiempo más pertinente. La tranquilidad que se les transmite al principio permite a las mujeres comprender lo que se les dice. El ángel pregunta, pues sabe lo que buscan: a un hombre concreto, «Jesús el Nazareno», que murió anteayer. Y a continuación se produce esta sencilla declaración, como si fuera evidente: «No está aquí, ¡ha resucitado!»

Y finalmente se transmite la orden de comunicar la noticia a los discípulos, y como prueba de que lo que se dice es verdad, se recurre al testimonio del propio Jesús: «Allí lo veréis, como os dijo». «En Galilea», en vuestra tierra, donde os encontráis como en casa y donde todo comenzó para vosotros. Se trata de su patria, pero sobre todo también de la vuestra, y le encontraréis allí donde se desarrolla vuestra vida cotidiana.