Al hablar del Reinado de Jesucristo en la tierra, nos imaginamos a menudo un ideal lejano, casi un horizonte inalcanzable. Pero Jesús no habló nunca de su Reino como algo remoto, sino como de una realidad que late, humilde y eficaz, entre nosotros. El Reino se hace presente allí donde su Evangelio halla un corazón abierto, allí donde la caridad hace posible lo que parecía imposible, allí donde la luz de la fe rompe la oscuridad de la indiferencia. Jesús lo explicaba mediante parábolas sencillas: el grano de mostaza que crece y se convierte en un gran arbusto, la levadura escondida en la masa que fermenta, una semilla que crece mientras duerme el campesino. Así es el Reino: silencioso pero imparable, modesto pero transformador. No avanza mediante ruidos e imposiciones, sino mediante gestos aparentemente pequeños, pero que tienen la fuerza misma de Dios.
Hoy, vosotros y yo somos llamados a hacer visible este Reino en la vida cotidiana. Cuando tratamos a los demás con misericordia, cuando perdonamos de corazón, cuando nos comprometemos con los que sufren, el Reino se hace más palpable. Cuando educamos a los jóvenes en la fe, cuando ayudamos a sostener la vida parroquial, cuando vivimos con esperanza, Jesús reina un poco más en este mundo. Nuestra época necesita comunidades que sean verdaderos oasis de humanidad. Necesita cristianos que, sin ruidos ni pretensiones, sean luz entre las sombras. El Reinado de Cristo no vendrá por magia: vendrá cuando cada uno de nosotros permita que Él sea realmente el Señor de nuestra vida.
Que esta semana, en todo lo que hagamos y digamos, nuestro mundo pueda reconocer una porción de Cielo sembrado en la tierra. Que Cristo reine en nuestros corazones, en nuestras familias y en nuestra parroquia.