El Evangelio de la resurrección de Lázaro (Jn 11) es una de las escenas más impresionantes de la Escritura. Ante el sepulcro de su amigo, Jesús llora. Dios no es indiferente al dolor humano. Conoce nuestro sufrimiento, nuestras lágrimas y la herida profunda que deja la muerte. Pero en ese momento también revela algo decisivo: la muerte no tiene la última palabra. Cuando Jesús grita: «¡Lázaro, sal fuera!», el que estaba muerto vuelve a la vida. Este milagro es mucho más que un gesto de compasión hacia una familia amiga, es un signo. Lázaro resucita para mostrar que Jesús tiene poder sobre la muerte. Pero aún hay una diferencia importante: Lázaro regresa a la vida de este mundo y un día habrá de morir nuevamente.
En cambio, la resurrección de Jesucristo es completamente diferente. Cuando en la mañana de Pascua, Cristo sale del sepulcro, no vuelve simplemente a la vida anterior: entra en la vida definitiva de Dios. Su resurrección es la victoria plena sobre el pecado y la muerte. San Pablo lo expresa con una frase extraordinaria: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto» (1 Cor 15,20). Es decir, lo que ha sucedido en Él es el inicio de una realidad que también nos afecta a nosotros. Por eso la resurrección de Lázaro nos prepara para entender la Pascua de Jesús, y la Pascua de Jesús nos abre a la esperanza de nuestra propia resurrección. El cristianismo no es únicamente un recuerdo del pasado ni una propuesta moral para el presente. Es, sobre todo, una esperanza para el futuro.
Ante los sepulcros de nuestros seres queridos, la fe cristiana nos hace sentir aún hoy la voz de Cristo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11,25). Esta es la gran promesa de Dios. La muerte no es el final del camino. En Jesucristo, el sepulcro se convierte en una puerta abierta a la vida eterna.